Adéle

Hará cuestión de dos años más o menos, residía en Londres, de algún modo u otro mi vida me había conducido allí. Cada día que asomaba la cabeza por la ventana de mi apartamento, podía sentir ese halo mágico y artístico que caracterizaba dicha ciudad.

¿Qué como había terminado yo en tierras Británicas? Tras muchos años pensándomelo, finalmente cedí a hacer una exposición con muchas de mis obras, si se le pueden llamar así, una bonita y delicada francesa que residía por allá me animó a incluir algunas de mis piezas en una galería que pronto inauguraría una amiga y como soy un barco sin rumbo, acabé atracando en una de esas coloridas casas de Portobello road.

Nuestra vivienda era una continua sensación inspirativa, fuera aparte de que Adèle también pintaba, muchos mochileros se alojaban en nuestro piso, y más de uno, siempre dejaba una pequeña muestra de su arte expuesta por la estancia, en el lugar que este deseara, era como nuestra condición, cambiamos arte por alojamiento, nos gustaba estar en comunión con todo aquello.

Su español era muy malo y mi inglés no es que fuese del todo correcto, pero nos defendíamos, el lenguaje corporal era el encargado de gesticular por nosotros dos.

Era la noche de inauguración de la galería, Adèle y yo exponíamos algunas de nuestras creaciones, estábamos nerviosos, jamás se me dio bien que me felicitasen por algo que había hecho y Adèle simplemente sonreiría y dejaría que el silencio hablase por ella.

Teníamos una manera muy peculiar de enfrentarnos a la sociedad, tal vez eso fue lo que me gustó de ella, que fuese tan independiente, y que estuviese tan aislada de lo que las personas de a pie conocen como el mundo real. Había conocido miles de chicas que eran así, pero nunca de manera tan especial como ella. Llevaba limpio como un año, ya no me metía nada, ni si quiera cocaína, ya no me atrevía ni a probar el whisky o el ron, lo que mas bebía como elixir de la sabiduría para no perder costumbres y acompañado de buena literatura era una buena copa de vino, pero estaba intentando dejar de ser el desastre de persona que alguna vez fui.

Lo que si era inevitable era enajenarme con algo de marihuana, Adèle pasaba todo el día fumada y yo de momento no había descartado ese aliciente de mi vida, así que no era de extrañar que allá donde fuésemos, los efecto de cannabis no viniesen con nosotros.

Una vez arreglados los dos nos dispusimos a poner rumbo a la parada de autobús, una de nuestras grandes frustraciones compartidas era el carnet de conducir, no habíamos tenido escrúpulos de conseguirlo…

Sentados en la parada de autobús, empezamos a conversar sobre todo y sobre nada a la misma vez.

Mirarla a los ojos era como recibir un puñetazo, era tan hipnótica y cruda, que dichas características en otra persona no son fáciles de encajar, pero ella lo hacía todo de un modo singular, que el simple gesto de apartarse el pelo de la cara y encenderse un cigarrillo, dejaba en calzoncillos a la mayor muestra de elegancia que jamás mis ojos habían presenciado.

No pude evitarlo, con mis temblorosas manos, acaricié su cara como si fuese el último agasajo que le propiciara y la besé de la mejor forma que se hacerlo, rozando sutilmente mis labios con los suyos sin llegar a juntarlos, mirándola mientras me metamorfoseo con sus pupilas, acariciando sus blanquecinas piernas al mismo tiempo. Toda mi desastrosa vida había pasado por delante de mí en forma de transporte público y como la he cagado tanto a lo largo de esta, no me apeteció saber nada de nadie, la levanté del asiento, la agarré de la mano y la volví a llevar a casa.

No opuso resistencia alguna, tenía tan pocas ganas como yo de enfrentarse a la mirada de cientos de modernos conceptuales admirando nuestro ingenio. Así que lo mejor que pude hacer fue hacerle el amor en la cocina de forma apasionada y embriagarnos de vino y marihuana en el salón de casa.

“por un momento estuve tan cerca de la perfección que a veces me arrepiento de ser un pirómano y joderlo todo en el último momento”

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