fragmento

El “cactus” era el típico Pub donde paraban jóvenes de una edad media entre 18 y 22  años, para ponerse a tono, consumir todo tipo de drogas duras y mantener sexo sucio en el lavabo de minusválidos después de haberse metido cuatro millones de rayas. La mayor parte de la clientela era así, luego había otro pequeño grupo, al que apodábamos cariñosamente como “los puretas marchosos”, esos si que iban de coca hasta las cejas. Y ya por último, un reducto de diez o doce, de vez en cuando, yonquis de  heroína y alcohólicos que eran “los acabados”, que casualmente, todos eran clientes de Víctor.

El bar no estaba muy lejos de la calle de Víctor, el salía de su casa, bajaba la calle, torcía la primera a la derecha y caminando recto llegaba en cinco minutos. En la fachada, justo al lado de la puerta, había dibujada la imagen de un chamán mexicano, algo descolorido por el paso del tiempo, pero que a mi gusto, está mejor ahora que cuando lo pintaron hace cuatro años.

La puerta carecía de vigilancia, no tenían un portero que prohibiese la entrada a menores de edad, y la verdad es que no era raro verte a algún chaval de dieciséis o diecisiete años, borracho como una cuba. Incluso había veces que cuando Víctor iba al servicio de minusválidos a ponerse una raya, dentro había dos jovenzuelos haciendo el intento de prepararse un “tirito” y al no tener la más remota idea, le pedían ayuda a este.

Al entrar por la puerta, lo primero que divisó, como siempre, fue la blanca sonrisa de Lorena, que era la preciosa camarera del “cactus”, aparte, era la que le pasaba cocaína o Speed a Víctor, y como los dos rondaban la misma edad y se atraían bastante, en alguna de las frecuentes visitas al cuarto de baño, echaban uno rápido y después cada uno tiraba por su lado.

Lorena era pelirroja y parecía una bonita estudiante de erasmus, con la piel muy clara, como si fuese eterna rival del sol y compartía aparte de ciertas sustancias, un gusto musical similar al de Víctor.

Pantalones de pitillo, camisetas de grupos punk rock y estrafalarias pulseras y abalorios.

-¡Hola cariño!, llegas un pelín tarde.

-Ya, como siempre, ¿vienes al baño?, ahora cuando vuelva empiezo con la música.

Con ese permanente gesto de felicidad, respondió

-¡Pues claro! Salió de la barra y hecho mano al bolsillo trasero de su pantalón, escondiendo en su mano una pequeña bolsita blanca como su piel.

Entraron en el apodado “servicio de los cocosos” y cerraron con pestillo. Ella abrió la minúscula bolsa y pidió a Víctor algún tipo de carnet o símil para cortarla.

-Toma. Dijo este extendiéndole el carnet del supermercado Día.

Sin compartir muchas palabras, ella preparó dos gruesas rayas y dijo.

-Hoy invito yo. Sonrió.

-Venga, ¿le das tú o le doy yo?

De sus exuberantes pechos, sacó un billete de cinco euros y lo enrolló, se agachó y de una rápida pasada, esnifó la sustancia, se pudo en pie, zarandeó un poco la cabeza, se toco la nariz con los dedos y le pasó el turulo a Víctor.

Este hizo igual, incluso repitiendo los mismo gestos que ella había hecho como si se tratase de un ritual.

-¿Listo?, añadió Lorena.

-Si, respondió con una ligera risilla en la cara.

Antes de quitar el pestillo, esta lo miró a los ojos y le dio un beso en los labios, una cosa rápida, quitó el pestillo y volvió a ocupar su lugar de camarera.

En la barra también estaba Matilde, una mujer de cuarenta y dos años divorciada que no hablaba mucho con Víctor. Parecía simpática, pero ellos dos no se habían esforzado en conocerse, y ni siquiera se caían mal, simplemente que no tenían mucho que decirse y se limitaban a saludarse.

Mientras Lorena atendía a unos jóvenes con jerseys de pico y pelo engominado, Víctor se dirigía a la tarima donde estaba la mesa de mezclas, y como esta estaba casi junto a la barra, gritó.

-¡Matilde!, ¡una cervecita!

Guiñándole el ojo izquierdo afirmó su petición, y le sirvió un tubo de cerveza de barril con poca espuma, como le gustaba a Víctor.

Este dejó su maletín apoyado en la mesa, que no era más que un soporte prefabricado compuesto de cajillos de cerveza y refrescos y un tablón de madera encima. Lo abrió y sacó uno de los cd´s que más le gustaba pinchar cada vez que trabajaba de pinchadiscos, era un viejo recopilatorio de Funk Africano de cual no se salvaba ningún tema malo, todo era de una calidad exquisita. Lo metió en el reproductor izquierdo y volvió a echar mano del maletín y eligiendo para el otro reproductor otro recopilatorio de Funk de Miami de los años ochenta.

Frente a la tarima había cuatro mesas, y todas ocupadas por el grupo de los jóvenes, excepto la última de la derecha en la que estaban “los puretas marchosos” poniéndose finos de whisky barato y fumando  Fortuna como carreteros. Mantenían largas y tediosas conversaciones de música, a las que cuando tenían alguna duda, agarraban al primer chaval que pasaba por su lado y le ponían la cabeza como un bombo haciéndole preguntas del estilo, ¿el piano es un instrumento de cuerda o de percusión?, o, chico chico chico, ¿tu quien crees que era mejor cocainómano, Jimmy Hendrix o Janis Joplin? Los chicos normalmente huían con la cara descompuesta y totalmente descolocados. Eran seres simpáticos al gusto de Víctor, y aunque saludarlos, no era lo primero que hacía nada mas llegar, llegaba algún momento en la noche en el que alguno de ellos se le acercaba y hablaba con el, o simplemente de camino al baño se los cruzaba y se daban amistosos abrazos de mentira.

Pasados unos treinta minutos, Víctor le hizo a Lorena un gesto con la mano, como reclamando otra cerveza,  el cenicero que había junto a la mesa de mezclas ya cobijaba cuatro aplastadas colillas y nuevamente estaba metiéndole un pellizco al paquete de tabaco de liar para liarse un nuevo cigarro. Muy ajetreada ella puso la cerveza en la barra, ya que como decía antes la tarima estaba muy cerca de la barra y Víctor con sus larguiruchos brazos podía llegar a ella sin problema alguno.

Lorena parecía encantada con la música que sonaba e hizo un gesto de agrado y siguió con su trabajo.

En ese bar había dos cosas que obsesionaban a Víctor, la primera eran los pechos de Lorena, podía perderse en ellos durante horas mientras esta trabajaba de forma que ni se inmutara de lo que estaba ocurriendo. Lo segundo era una vieja guitarra Fender que colgaba arriba de la cabeza de Víctor, justo encima de la tarima, no podía dejar de mirar la belleza de ambas cosas. Estaba distraído sin lugar a dudas.

Mientras, los jóvenes y los no tan jóvenes, emprendían unos extraños pasos de pato en forma de baile, y gesticulaban muecas que rondaban entre el agrado y el desagrado.

Algunos venían, otros se iban, otros bebían solos, otros bebían en manada…

A la izquierda, justo frente a Víctor, en una esquina, había dos jovencitas de entre dieciocho y veinte años jugueteando entre ellas mientras de vez en cuando lanzaban como jabalinas unas sugerentes miradas.

Entre el subidón de la coca y los juegos de estas dos, a nuestro amigo se le estaba poniendo dura, y haciendo como el que muestra interés pero no, dejaba el sí a las sugerencias de estas en el aire.

Extendiendo su mano hasta el maletín saca dos nuevos cd´s y los pone a espera de los que ya están sonando.

Entre bailes y regocijos, hizo su aparición Lorena, con algunos vasos vacíos en la mano y le hizo un gracioso gesto con los ojos, así como llamándolo, este dejó preparada una canción y siguió su contoneante trasero hasta la barra, donde ella dejó los vasos y se metió en el servicio de minusválidos, dejando la puerta entre abierta para que este pudiese entrar.

De nuevo, volvió a sacar la bolsita y el billete y puso la mano dando por sentado que Víctor volvería a sacar el carnet de compra del Día. Que así fue, sacó la tarjeta y se la dio, esta preparó otro par de rayas con el mismo grosor que las anteriores casualmente, y le dijo.

-Venga, dale tú.

Se agachó y zas, más cocaína para el cuerpo, le dio el billete a Lorena y esta actuó de forma similar.

Esta vez, antes de quitar el pestillo, no hubo un corto besito, si no un beso con lengua que estimuló mas el pene del señorito.

Como dos damiselas de los años cuarenta, salieron los dos correteando del baño cada uno hacia su destino. Con una flamante erección este, pasó de canción y levanto sus ojos hacia el frente, donde las dos amiguitas seguían con su juego.

-Pum chim pam, pum chim pam. Decía la música. Otro cigarrillo, otra cerveza, otra raya, así repetidamente. Eran ya las dos de la madrugada y había menos gente en el bar, la mayoría de jóvenes se habían ido a dormir la mona y solo quedaban unos pocos, por otra parte, los marchositos tambaleándose y metiéndose mano entre ellos. Uno de ellos, “el wati” se acercó a Víctor, y levantó sus pulgares, afirmando con este gesto que la música era de su encanto. Se apoyó en el mal puesto soporte y le dijo, oye tu no tendrás por aquí…Ya sabes. A ritmo de la música negó su petición con la cabeza mientras sujetaba el cigarro con su boca. Las dos chicas juguetonas cogían sus bolsos y se despedían con la mano de Víctor. Una pena, porque tenía ganas de montárselo con las dos, pero bueno, Lorena seguía pavoneando sus tetas por el bar y esa noche era casi seguro que acabaría en el servicio empujándola contra la puerta.

En un cd de variado apareció el “foxy lady “de Jimmy Hendrix, y de repente todos los puretas empezaron a chillar y a golpear fuertemente las mesas, Víctor dejándose llevar por la emoción levantó su mano y arrancó la guitarra del decorado y empezó a puntear encima de la canción, sin tocar para la gente, solo para si mismo. Matilde y Lorena proyectaron una dudosa mirada hacía Víctor, porque no sabían realmente lo que iba a suceder, la guitarra podía volver a su estado original como parte del decorado, o bien podía acabar estampada contra la mesa de mezclas, pero para alegría de estas dos, la volvió a dejar donde estaba y siguió bailando y cantando en voz alta la clásica canción de Hendrix.

Cerveza, cigarrillo, raya, beso, erección…

Hacía rato que había dejado de sonar Funk, y sonaba algo de Electro machacón.

A las cuatro de la madrugada, cuando estaba cerrando el bar aparecieron dos de “los acabados” el Morta y el Capri, cieguísimos de vete a saber que, tambaleándose como gansos y con una sonrisa como pintada a óleo en sus caras. La fiesta seguía, pero el cansancio era una sensación desconocida ahora mismo en el cuerpo de Víctor y este seguía poniendo discos.

Una de las expresiones más graciosas en la cara de Lorena, era cuando estaba borracha, se le formaban como dos manchitas rojas en las mejillas que la ponían mas erótica de lo que por si ya era, y en ese preciso instante la portaba.

Haciendo un gesto como si estuviese tirando de una palanca, Víctor solicitó otra cerveza, ya había perdido la cuenta y estaba muy ebrio, y esa “danza del pato” ya podía practicarla como esos amigos falsos que zapateaban a su anverso.

Sin saber exactamente porque a Víctor se le vino a la cabeza uno de sus versos favoritos del canto 1º de la divina comedia de Dante, y empezó a recitarlos al compás de la música.

-¡Oh, de los otros poetas honra y lumbre!

Válgame el largo estudio y grande amor

Que a mi busca me han hecho tu volumen.

Zarandeándose de forma jocosa, dio un último trago a la cerveza acabándola y metió una última pulgarada al paquete de tabaco, que ya se había agotado, así que presa del pánico, sacó su cartera y miró si tenía algunas monedas, con suerte quedaba algo, y se dirigió rápidamente a la maquina de tabaco, mientras sin terminar de hacerse el último cigarro, introducía meticulosamente las monedas en el, y pulsaba en su marca favorita, Chester. Guardó el paquete en su bolsillo y volvió al tablado.

-Pum, pum, pum.

Repitió el acto de reclamo de cerveza y cuando vino Lorena, con su dedo le pedió que se acercara.

-Ven, ¿vamos a ir a por otra no?

-Correcto, exclamó Víctor.

Reiterando todas las acciones anteriores, una vez en el servicio, después de que los dos hubiesen esnifado su dosis, esta se puso de rodillas, le quitó el cinturón y le bajó los pantalones a Víctor.

Para su sorpresa, el amiguito de Víctor ya estaba tenso, y como si de una golosina se tratase empezó a saborearlo y a darle largos lametones.

Zis, zas, hacia delante hacia atrás. Esta agarró con fuerza su miembro, se bajó el pantalón con bragas incluidas y se arrimó a la puerta mientras se lo introducía dando un simpático empujoncito hacia atrás.

Este no tuvo que hacer a penas esfuerzo, ya que esta era la que llevaba el control de la situación. Hubo un momento en que esta se impulsaba con tal fuerza que se sostuvo apoyando cada mano en una pared.

Lorena era un poco egoísta con el sexo, una vez que tenía el orgasmo se quitaba, pero a veces, cuando Víctor le decía que no se había corrido aun, esta bajaba y le hacia una felación hasta llenar toda su boca del cálido semen que de su órgano viril brotaba. Al fin al cabo no era tan egoísta.

Sus alaridos eran muy voluptuosos y cabía la posibilidad de que alguien los escuchase a pesar del volumen de la música, pero estos seguían con la práctica sin hacer el menor caso a la gente que escuchaban tras la puerta.

Fortuitamente, al alcanzar el orgasmo Lorena, Víctor le siguió como si de una competición de a ver quien llega antes se tratara. Otra vez, sexo sin protección, otra vez, orgasmo múltiple, otra raya antes de salir y sudando dando evidencia a sus actos salieron del baño.

Pupilas como platos de postre calzaba Víctor, pero aun podía mantenerse en pie.

-Guau, las seis de la mañana, vociferó este.

Las puertas del bar ya estaban cerradas y Matilde dio el aviso de última ronda al desfasado personal. No había ni un solo ser viviente en ese antro que no estuviese borracho o drogado de alguna sustancia.

Así que dando fin a su sesión, este puso un compact de acid jazz  y abandonó el intento de escenario. Se fue a la barra y se sentó al lado de los inseparables Morta y Capri mientras se encendía un nuevo cigarro, esta vez industrial.

-¡Matilde! ¡Ponme un kit!

Para el que no lo sepa un kit estaba compuesto por una cerveza y un chupito de absenta.

Como un vencedor, satisfecho este se fumaba su cigarro mirando a ninguna parte mientras esperaba su trago. Los dos amigos de toda la vida, uno colocado a su izquierda y el otro a su derecha, no articulaban ninguna palabra, solo se dedicaban a dar sorbitos a sus tibias cervezas mientras miraban al suelo.

-Oye Víctor, toma. Dijo Matilde poniendo cien euros en la mano de este.

Algo de comida, algún artículo de rastrillo y varios tipos de drogas sería a donde ese dinero iría a parar.

-Quiero que me cantes, manifestó el Capri, de forma que Víctor tuvo que echar mano al diccionario de borrachos para poder entenderlo. Como estaba embriagado, parte de su antisocializad se había ido al garete, y accedió a la sugerencia de este.

– ¡Te quiero vida mía, te amo noche y día, no puedo vivir sin ti!

Graznando, los dos compañeros empezaron a aporrear la mesa exaltados por los cánticos del joven pinchadiscos. Pero acto seguido todo volvió a lo de antes, acid jazz de fondo, sonido de la máquina registradora, bebedores solitarios y varios marchositos diciendo adiós.

Matilde no tardó mucho tiempo en pedirles a los dos camaradas que se fueran, para quedar en el bar solo los dos cocainómanos y ella.

Una vez desaparecidos estos, Matilde se fue a la mesa de mezclas y puso un cd de  Nina Simone, dando salida a la canción my baby just cares for me. Esta también estaba dotaba de unos buenos senos y metió sus dedos en el pecho derecho y sacó una bellota de paquistaní. Dio un par de pellizcos y le pidió un papel y un cigarro a Víctor. Una vez hecho el opiáceo, los tres empezaron a hablar de cocina.

Matilde contaba que estaba haciendo experimentos con el pollo, añadiéndole algo de coca cola por encima.

Víctor decía que le encantaba un nuevo grupo que había descubierto.

Lorena manifestaba que tenía hambre y dejásemos de hablar de comida, aunque Víctor estaba tan borracho y colocado que como no tenía nada que aportar a dicho intento fallido de conversación gastronómica, dijo lo que le pareció.

-Bueno chicos, mañana será otro día, nos vemos. Se despidió Matilde dejando a la parejita sola en el bar. Nina Simone los acompañaba en su conversación sobre grupos de hardcore de Chicago. Estoy seguro que a Nina Simone no le gustaría ni el hardcore ni los tugurios llenos de humo como el cactus.

Dadas ya las siete, se prepararon una nueva raya, esta vez en la barra del bar y se dieron un largo revolcón, sin penetración, pero con algo de masturbación.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s