siete minutos

La herrumbre de las cañerías se descolgaba paulatinamente, algunos trozos se lanzaban como paracaidistas tullidos y aterrizaban torpemente en mi cara, la cal de las paredes sudaba de frío, las moscas que volaban a mí alrededor llevaban bufanda y guantes, había sido un invierno duro. El sol acaba de despertarse y lucia un color blanco mate digno de ser fotografiado. Mi figura escuálida yacía tranquilamente en el suelo, inerte, incapaz de sentir la espantosa frigidez de la cordial estación del año. Mis acólitos, varios cartones de vino barato que adornaban mi efigie hipotérmica como si de un árbol navideño y sus adornos se tratase. Hacía horas que el calor corporal me había abandonado, si, vi como ese pequeño hijo de puta se levantaba y cogía un autobús de línea, dejándome intimar con las bajas temperaturas. Algún coche pasaba por la calle principal, totalmente anodino a la estampa navideña. Las alcayatas que sujetaban las tuberías del agua, no hacían más que darme dolor de cabeza, se desternillaban de risa.

-Míralo, entumecido, torpe, no puede ni levantarse, es tan patético que no tiene a nadie más que a unos asequibles cartones de vino para pasar el día de reyes, jajá, pobre desgraciado.

Si en lo que llevo de vida, jamás había conocido lo que era la autoridad para hacer callar a alguien, no iba a manifestarla ahora que estaba agonizando en mi lecho de muerte. Seguid, seguid riéndoos de este raído borracho, al menos se cual es el agrio sabor de la vida, cosa que vosotros, mis metálicos camaradas, no habéis olfateado ni de lejos.

El aterido puñal de la indiferencia se ungía en mi gaznate, me despedía del mundo como aquellos pasajeros de clase baja del Titanic, que sonreían con la misma felicidad que un ratoncito muestra al ver un trozo de queso metido en una trampa.

Mis fuerzas me desatendían, ahora solo esperaba que el señor de la guadaña viniese a por mi desvalida persona.

Pero que ven mis ojos, no es la muerte la que ha entrado en este callejón, es una pelota roja, de fondo oigo algunos indescifrables sonetos vocales.

-Eh mira, un muerto, vamos a tocarlo.

-Huele como el abuelo.

Levante un brazo y los niños se asustaron, no salieron corriendo pero quedaron atónitos. Ellos estrenaban juguetes nuevos, yo estrenaría ataúd nuevo en unos instantes.

-Eh, niño, ¿serias tan amable de orinarme encima?, será lo más cálido que sienta en meses…

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s