Entre dos coches

Era otro de esos fines de semana aburridos, no podía salir a ningún sitio, pues mi cartera echaba de menos al dinero, y yo echaba de menos a varias personas, en mi, que soy un melancólico de la hostia, puede ser comprensible, pero que yo sepa, las carteras aun no las hacen dotadas de sentimientos, de un extraño modo u otro, es como si pudiese sentir los sentimientos de anhelo que este ser de tela negra llega a experimentar en su ardua y aburrida vida junto a mi culo.

Con mucha suerte, esa misma tarde había bajado a darle un paseo a mi perra Luna y paseando por el parque me encontré un par de porros tirados en el césped, sin dueño, esperando a que alguien los cogiese para que su cuerpo y los pulmones del afortunado se fundiesen en uno solo.

Así que era tarde, me había pasado horas hablando por Internet con una amiga, sobre literatura y  la soledad de los seres humanos. Como no puedo dormir por las noches, decidí bajarme a las solitarias calles a hacerme un porro y reflexionar sobre lo que en todo ese tiempo de esclavitud virtual habíamos hablado.

Miles de ideas no paraban de rondarme la cabeza, aquella chica era menor de edad, pero me atraía fuertemente, no sé, supongo que será una de esas cosas inexplicables que a uno le pasa en los momentos mas jodidos, cuando más solo te sientes y cuando más desearías poder compartir tus porros y tu cama con alguien… Así que filosofando por una larga y desierta calle, pensando en todo y en nada, me encontré con una joven silueta agachada que parecía estar haciendo algo, irremediablemente, no pude evitar fijarme que de su culo emanaba una mierda tan grande como las que yo suelo excretar por mi ano. La idea de encontrarme a una chica tan bella a altas horas de la madrugada, un domingo cagando en la calle, me parecía tan surreal como divertida, así que chistosamente, solté uno de esos comentarios que solo se me pueden ocurrir a mi-

Mi casa no está muy lejos, y tengo un paquete de esas toallitas húmedas que te dejan el sieso como una patena, si quieres puedes subir.

La chica, aun sin haber inadvertido mi presencia, dio un gracioso saltito de susto y miró a todos lados y a ninguno con las facciones de su cara un tanto descompuestas.

Envuelta en bochorno, soltó una falsa sonrisa y dijo:

-tranquilo, tengo clínex. Y sonriendo, metió la mano en su bolso y sacó el paquetillo agitándolo de forma que pudiese verlo.

Bueno, una pena pensé, había sido una de las formas mas irreales de conocer a alguien, hubiese estado bien que mi juguetona polla hubiese desprendido mi tórrido semen sobre esos labios, pero en temporada de vacas flacas ya se sabe, nunca sabes que va a pasar y tienes que estar alerta a cualquier movimiento. Seguí andando, dando meticulosas caladas a mi cigarro de la risa o de la autodestrucción, no dados más de diez pasos, escuché su voz.

-Hei, espera.

Poniéndose bien su corta falda, corría torpemente con sus tacones hacia mí.

-Podríamos ir al bar de una amiga, aunque tenga el inodoro roto, ponen buena música de baile y además, tengo la suficiente dosis de speed para que tu y yo pasemos un buen rato ¿Qué me dices?

Sin pensar demasiado, acepté su propuesta, pero mi cartera estaba vacía, supongo que ya pensaría en algo.

La chica me contaba que era su cumpleaños y que la fiesta estaba un poco aburrida, la mayoría de amigos se habían ido a casa, ya se sabe, domingo, al día siguiente la gente normal trabaja e intenta llevar una vida más o menos estable, todo lo contrario a lo que mi persona se refiere.

El sitio se llamaba algo así como “la colombianita” o cualquier cucada sudamericana de esas, no me di cuenta que la chica tenía procedencia latina hasta que la roja luz del cartel le abofeteó la cara. Que gilipollas que soy, ahora que lo pienso, cuando estaba cagando y me habló tenia un acento que no era de aquí.

La cumbia sonaba fuerte y dos o tres parejas bailaban ya un poco pasados de rosca, la camarera era una joven morena con dos gordas tetas, que las movía perfectamente al ritmo del folclore de su país. Todas las chicas del local parecían guapas, excepto una chica un poco obesa que jugueteaba con su culo arrimándolo a la polla de un joven que parecía sacado de una película de Cantinflas.

La chica se llamaba Anais, si ese era su verdadero nombre, tenía dieciocho años recién cumplidos y venía de la exótica isla de Cali. A pesar de su edad, estaba muy bien formada, parecía incluso mucho mayor que yo, yo le echaba unos veintimuchos, pero hasta ahora, parecía simpática, movía el culo de una forma hipnótica, y yo que tengo menos gracia que un puñado de globos despojados de aire, intenté seguir sus pases de baile.

Cuando ya sudábamos como dos pollos en un horno me dijo:

-Vamos a por algo de beber.

La chica pidió dos copas de ron solo con hielo, y después de hacerle un erótico guiño a la camarera (Daniela), me cogió de la mano y me llevó al servicio.

Parece que estas chicas en vez de nacer con una barra de pan bajo el brazo, nacen con dos despampanantes senos, no había chica en aquel local que no usase menos de una talla ciento diez.

Se metió la mano en su exuberante escote y sacó una pequeña bolsita llena de metanfetamina. Puso cuatro generosas rayas encima del lavabo y sin dejar de sonreír, se metió las dos casi sin inmutarse. Yo que estaba un poco frío y hacía tiempo que no consumía tarde un poco más en asimilarlo, pero me las metí de igual manera.

Anais estaba cachonda como una perra en celo, lo podía deducir por la forma en que me miraba, de la forma que esos anchos ojitos se clavaban en mis pupilas. Con un simpático gesto, me limpió la nariz y me dio un beso. Yo por mi parte estaba también apañado, llevaba un par de meses sin follar, y la tenía tan dura que supongo que si en ese momento me hubiesen dado un par de nueces, las habría roto con mi erecto pene.

La noche avanzaba de forma rápida, ya no quedaban parejas en el bar, solo estábamos Daniela, Anais, yo, un montón de bebidas destiladas y un gramo y medio de speed.

Daniela, era más mayor que Anais, me contaba que en su país trabajaba de prostituta, y que tenía un hijo con cinco años. La verdad es que se la veía con más experiencia sexual que Anais, no quería ni imaginarme como debía ser Daniela en la cama. Un monstruo ardiente que deshidratase mis conductos seminales a enormes sorbos.

Pasado un rato, al mirar el reloj, eran ya las ocho de la mañana, la música no dejaba de sonar y todo la droga se había acabado.

Estábamos borrachos como cubas y pasadísimos de speed.

Daniela se acercó a la puerta y la cerró con llave, a continuación dijo:

-Bueno chicos, creo que es hora de divertirse un poco ¿no creen?

Los dos, como idiota, soltamos una tenue risita, como asimilando todo lo que iba a pasar en breves instantes.

Daniela se quitó la camiseta y se acercó a mí, Anais no tardó mucho en quedarse sin ropa y empezamos a expandir y compartir todo el sudor que brotaba de nuestros cuerpos. Sentado en un taburete y sin ropa, las dos chicas empezaron a comerme la polla, creo que jamás he sentido algo igual. Podría decir sin miedo a poner la mano en el fuego, que este es uno de los mejores remedios que conozco para la depresión o cualquier mal estado mental.

Daniela agitaba su mano con fuerza, mientras Anais, con su pequeña lengua, hacía que mi glande gozase de placer.

Daniela no se quitó el pantalón durante todo el acto, pero si pude disfrutar de sus senos y sus labios, al contrario, Anais se apoyó en la barra del bar y abrió sus corpulentas y atractivas piernas mientras yo la penetraba sin piedad.

Era como una de esas películas porno donde aparecen latinas y gritan cosas que te sacan de tus casillas y te ponen completamente enfermo.

Mientras agarraba por el cuello a Anais y me movía violentamente, Daniela me besaba de una forma muy lasciva, no paraba de decirme:

¿Vas a correrte en mi boca papi? ¿Papi me va a dar su lechecita calentita?

Con esas palabras, se correría hasta un muerto, así que no tardé mucho en salir de Anais y correrme en la boca de las dos.

Exhausto tras el coito, me saqué un cigarrillo y me dejé caer en la barra del bar, las dos chicas se fueron a los servicios a limpiarse.

Yo ya tenía el día hecho, así que sin despedirme, cogí mis cosas y me fui.

De camino a casa, con el sol mañanero de primavera pegando en mi cogote, me encontré con la gran mierda que Anais había dejado entre medio de dos coches…

Si no hubiese sido por ella, esta noche no me hubiese puesto hasta el culo de sexo alcohol y drogas.

Que maravillosa puede llegar a ser esta mierda de vida.

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2 respuestas a Entre dos coches

  1. Mónica. dijo:

    Buenas! ya te puse en mi lista de enlaces, espero que tu tambien sigas mi blog, un besazo!!

  2. Noehver dijo:

    La ocasión la pintan calva… pero follando le crece el pelo jiji.

    bss

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