Cada vez que escribo, lo hago como si fuese la última vez que fuese a hacerlo, como si de mi carta de despedida se tratase, una carta con declaraciones a mil personas y a una al mismo tiempo. Siempre escribiendo sobre desamores e inmerso en un mar de tormentos, tormentos insignificantes a gran escala, pero al fin y al cabo problemas que me acompañan día a día como cuando acompañaba a mi madre al súper. Todo esto  fue desatado por las ganas de acabar conmigo mismo, por ver esto desde otro particular punto de vista. Porque a veces me siento que habito dos cuerpos en vez de uno y a veces siento no tengo el control de nada de lo que digo o hago, solo acabo con mi vida de manera lenta y dolorosa, atravesando mis pulmones con nicotina cada cinco minutos, sonriendo por las calles como si la muerte tuviese una cita previa conmigo todas las noches. Alguien ha cambiado de lugar los muebles que ocupan la habitación de mi cabeza y la verdad, no se si tendré valor para poder volver a ponerlos en su sitio, pero es una continua sensación de vacío que a veces viene acompañada de una fina cobertura de satisfacción, pero en la mayoría de los casos todo acaba en la misma conclusión… ¿Quién soy? ¿Por qué hago esto?

Estoy sentado en el tejado del abismo, de un acantilado mental que no para de descubrir cuan solo estamos nosotros los seres humanos. ¿Y a que viene todo esto? Ni yo mismo lo sé, puede ser la inquietud por no perder mis facultades literarias, aquellas que siento que cada día se alejan mas de mi o en el mas extremo de los casos, está evolucionando de una forma torpe y amarga. Ya no hablo de pollas en simbiosis con labios de exuberantes muchachitas, ni del consumo exagerado de cualquier tipo de sustancia, me he centrado en como me consumo yo mismo con cada día que pasa, en estúpidas teorías de mi propio cataclismo, en un egoísmo insano y una extraña capacidad para no quererme a mi mismo. Puede que esté perdiendo el norte más de la cuenta, o puede que hace años este desapareciera del mapa, como desaparece la vergüenza con el paso de los años, pero podría ser el camino a la cordura o a la completa demencia.

En todo caso, solo quiero deciros que estoy bien, y que aquí donde estoy no se vive tan mal, todas las mañanas me traen café y tabaco e incluso a veces me dejan beber licores buenos y escuchar algo de música. Tengo una casita alejada del centro, donde los atardeceres junto al lago de azufre son preciosos.

No os preocupéis, no estoy sufriendo ni nada de eso, solo que me cuesta adaptarme al clima, en definitiva, aquí me tratan de puta madre.

Saludos desde el infierno.

Atentamente: Víctor.

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3 respuestas a

  1. Frasco dijo:

    Buenos textos, culebra.

  2. Félix dijo:

    Hmmm tiene buena pinta este otro blog tuyo, en cuanto tenga un segundo me lo miro con más detenimiento. Por ahora me quedo con el link y al próximo repaso que le meta a la sección de enlaces del mío te pongo allí uno y así te tengo a la mano.

  3. Jaime dijo:

    Me gusta mucho éste, me ha resultado muy familiar 🙂

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