Rutina

Javier tenía treinta y cuatro años recién cumplidos, trabajaba en una tienda de cebos para la pesca en el mismo barrio donde vivía. Estaba casado con Carolina, que era dos años mayor que el y se habían conocido en un curso de cocina para solteros cuando los dos eran supuestamente jóvenes. Carolina trabajaba en una lavandería al otro lado de la ciudad, era un buen empleo. Llevaban una vida demasiado formal, salían juntos de casa para ir al trabajo, volvían a la hora de comer, normalmente Javier llegaba antes a casa y le tocaba cocinar a el. Almorzaban mirando el televisor, sin apenas intercambiar palabra alguna. A decir verdad ambos estaban aburridos de sus vidas, no se les veía un matrimonio feliz, no discutían como el resto, ni se gritaban, simplemente eran indiferentes el uno del otro, disfrutando de su feliz falsedad, un besito en la boca todas las mañanas antes de ir a trabajar y otro por las noches antes de dormir. Javier estaba bastante descuidado para la edad que tenía, había empezado a engordar y se le marcaba la barriga en la camiseta, alguna entrada había empezado a asomar a su flequillo y para colmo apenas se le ponía dura. Otra tarde mas, después de la leve siesta, hay estaba Javier, detrás del mostrador, oyendo la radio, mirando todos los gusanos retorcerse a través del cristal, preguntándose que haría de cena. -Hola buenas tardes -Buenas tardes, respondió Javier como asustado. Un joven de unos veintidós años había entrado en la tienda para comprar algo, le acompañaba su novia, una chica preciosa, seguramente la mas bella que había entrado en ese local. Era rubia, con el pelo corto, vestía unos pantalones vaqueros muy cortos que no le llegaban ni a mitad del muslo y una camiseta verde por encima del ombligo. Javier sudaba cuando se ponía nervioso y para colmo estaban en pleno agosto, tenía la camisa y la frente empapada de sudor. -¿Qué van a querer? -Si, me gustaría ver si tiene uno de esos carretes eléctricos para pesca de fondo. -No los tenemos aquí en la tienda, pero podríamos mandarlo a pedir. -Bueno, ¿tendría algún catalogo? -Claro, espere un minuto. Javier se pasó la mano por la frente, estaba empapada, acto seguido se dio la vuelta y fue al cuarto donde guardaba los pedidos y los catálogos. Al llegar se había dado cuenta que estaba en plena erección, hacía tanto tiempo que no se le ponía dura que se sorprendió de ver al pajarito contento. Buscando el catálogo entre algunas cajas desperdigadas, de vez en cuando se rozaba sin querer el miembro con el codo, cuanto mas pensaba en las piernas de esa chiquilla, mas se le aceleraba el corazón. Estaba perdiendo el juicio, no podía parar de imaginarse a la chica desnuda restregando su trasero en sus partes. -¡Santo cielo! Exclamó Javier desabrochando uno de los botones de la sudada camisa. -Aquí está, dijo en voz alta dirigiéndose al mostrador de nuevo con el catálogo enrollado. -Esto es un servidor americano que nos trae lo último en tecnología para cañas de pesca, eche un vistazo. -Gracias, dijo el chico con gesto desinteresado. La chica no paraba de mirar a todos lados, miraba cada rincón de la tienda, cada anzuelo, cada caña de pescar expuesta en el lateral derecho de la tienda… El chico ojeaba rápido la revista, a veces se paraba en una página y le decía a la chica, este podría estar bien, la chica afirmaba desinteresadamente con la cabeza. Javier, no podía parar de rozarse con el mostrador, ninguno de los dos parecía darse cuenta. Durante más de un cuarto de hora todo parecía estar igual, la chica estaba aburrida, ya no sabía que mirar, el chico repasaba la revista una y otra vez y Javier estaba enfermísimo. Sin saber exactamente por que, Javier cogió un arpón de detrás del mostrador y sin tan siquiera apuntar disparó al muchacho, ¡ZAS! Justo en el cuello. La chica patidifusa no sabía si chillar, correr o desmayarse y presa del pánico se quedó boquiabierta mirando a su novio con un arpón que le atravesaba el cuello. El chico calló violentamente contra el suelo, Javier saltó de forma brusca el mostrador y salió corriendo hacía la puerta al mismo tiempo que la chica, Javier llegó antes y cerró la puerta de un portazo, introdujo la llave y se aseguró que estaba bien cerrado. La chica empezó a híper ventilar. -¿Qué le pasa, está loco? -Solo quiero follarte. Dijo Javier jadeando. La chica empezó a llorar, miró al novio, muerto en el suelo, miró la cara de depravado que portaba Javier y empezó a gritar y a pedir socorro. Javier se abalanzó sobre ella, la agarró fuertemente del pelo y le dijo: -Como se te ocurra gritar otra vez, te parto la mandíbula a hostias. La chica estaba muy nerviosa, le resbalaba algo de moquillo por la nariz y se le mezclaba con las lágrimas. Javier apretaba el pelo de la chica y hacía el esfuerzo de que bajara a su erecto pene. Se podía respirar un ambiente muy caldeado, la tensión podía ser cortada a rebanadas, Javier estaba nervioso pero excitado y la chica estaba al borde de un ataque al corazón. Con tembloroso pulso, Javier desabrochó los botones de su pantalón y sacó a relucir su miembro, con destemplanza, empujó la cabeza de la chica hacia el. Javier se sentía mas vivo que nunca, incluso una leve sonrisa intentaba escapar de su boca junto a una opaca baba blanca. Con más brusquedad, empezó a mover rápidamente la cabeza de la chica hasta que finalmente obtuvo su orgasmo. Javier soltó su cabeza y la dejó tirada en el suelo, la chica escupía semen, miraba a todos lados desorientada, no se sabía si había un gesto de placer en su cara o de desagrado, pero por alguna extraña razón no tenía el gesto que correspondía a dicha situación. Una vez vuelto los pantalones a su sitio, Javier cogió una navaja para cortar tanza y se la clavó en el cuello a la chica hasta que esta desvaneció borboteando sangre por la boca. Lo limpió todo y guardó los cadáveres en la habitación donde estaban las cajas y los catálogos, cerró la tienda y volvió caminando a casa. Al llegar, para sorpresa de este, Carolina había preparado una ensalada de pasta que aguardaba en el salón junto a la tele, esta noche no le tocaría cocinar. Una noche más cenaron viendo un programa del corazón, sin decir palabra.

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