Vacaciones de verano

Marta, con catorce años, ya se metía mas heroína que cualquier persona del barrio donde la pillábamos. Era una chica pelirroja, con poco pecho, tenía una pinta de niña buena que ni si quiera ella misma se la creía cuando se miraba al espejo.

Marta venía de una buena familia, vivía en el barrio de los ricos, su padre era un reconocido arquitecto y su madre una fotógrafa underground con un increíble renombre.

Durante aquel verano, sus padres le dejaron la casa sola con un montón de dinero para que pudiese sobrevivir esos tres meses de ausencia paternal. Entonces fue cuando me conoció a mí, yo era un poco más mayor que ella, y ya llevaba tonteando con la heroína como un año. La conocí en uno de esos tugurios donde solía parar, “el paradiso”, era un bar casi a las afueras de la ciudad, donde la mayoría de yonquis de la localidad se metían chutes a su libre albedrio sin que nadie les dijese nada. Yo estaba borracho, como de costumbre, estaba pasando el mono, sudores fríos y un nivel avanzado de descomposición en mi cara. En una de mis habituales visitas al baño de los chicos me la encontré, tenía una jeringuilla en las manos, un adorable gesto asustadizo en su cara y el cabello muy bien peinado.

No pude evitar acercarme a ella, no porque me atrajese, sabía que era una cría, pero podría proporcionarme lo que en ese momento me hacía falta.

-Oye chica, necesito pedirte un favor, ¿tienes algo de caballo? Puedo cambiártelo por mis zapatos, mi camiseta o…este reloj tan bonito.

– ¡Vete de aquí yonqui de mierda!

-¡Eres una hija de puta niñata de mierda! Esa jeringuilla no te va ni al pelo, ¡lárgate! ¡Este no es tu sitio Mafalda!

Rápidamente me metí en el cuarto de baño y vomité, ni si quiera me dio tiempo a llegar al váter, manché todo el servicio con mi bilis, acto seguido resbalé y me caí al suelo, entonces empezaron los temblores, el ardor en el pecho, la rabia incapaz de salir de mi cuerpo…

Tenía todo el pelo manchado de meado y vómito, mis ropas estaban en el mismo estado, tenía mucho miedo, yo ya sabía cómo se pasaba el mono de heroína, incluso una vez me llevé una semana sin meterme, pero cada vez me aterraba más la idea de depender tanto de esa sustancia. Sentí asco por el sitio, la situación y volvió a darme otra arqueada, ya no podía vomitar más, solo salía bilis blanca contrastada con sangre y flujos.

La chica abrió la puerta con la jeringa colgando del brazo, debió escucharme devolver.

-Necesito que me ayudes tío, no me encuentro la vena.

Yo no tenía ni fuerzas para levantarme, solo salían austeras lágrimas por mis ojos.

-Ayúdame a levantarme, ¡cof cof! Primero tienes que dejar que me pinche yo niña.

La niña estaba asustada, no tenía pinta de haberse picado nunca y allí estaba con sus converse blancas recién sacadas de la zapatería, en el peor barrio dentro del peor bar, en el peor servicio con el peor yonqui que jamás fuese a conocer. Atónita se quitó la jeringa de su brazo y temblorosa la puso en mis manos. Me pinché en el cuello, el brazo izquierdo estaba empezando a quedar fatal, mis venas parecían las raíces de un viejo árbol, hinchadas, raídas, duras…

Cerré los ojos en una inmensa mueca de placer, se me caía la baba, la chica esperaba y esperaba, yo solo me regocijaba en mi orgasmo con la jeringa colgando del cuello.

-Oye… ¡eh!… ¡despierta!

Nada, era inútil, la escuchaba como un barullo muy lejano, ininteligible, indescifrable para mí.

Al cabo de un tiempo indefinido seguía flotando y allí estaba ella, dándome patadas y gritándome, yo ya estaba en el cielo, había hablado con Dios, lo había visto, allí, sentado en un enorme trono, tomándose una taza de chocolate caliente, mirándome con cara de asco, mientras el chocolate le resbalaba por la barbilla.

-Oye tú, blasfemo, ¿qué haces en mi paraíso? – Dijo con una poderosa voz grave.

– Eh…yo…yo solo…

-¡Despierta yonqui! ¡Despierta! …¡PLOF! Un puntiagudo zapato se clavó en mis costillas y me hizo despertar de aquel extraño sueño, donde ya por fin la escuchaba con claridad y no como un susurro a metros de mi.

-¡¿Qué coño haces niña?!

-Teníamos un acuerdo, dijo refunfuñando.

-Pues vas lista, a no ser que tengas más jaco, yo no tengo ni un puto duro.

-Sí que tengo, toma.

Puso en mi mano una micra, una cuchara ennegrecida, una jeringa y una aguja.

-Está bien, está bien… ¿pero niña, tu sabes dónde te estás metiendo? Esto no es como un caramelo. Una vez que lo pruebas estas dentro.

-Cállate, no eres mi madre, tú y yo teníamos un acuerdo, prepárame la dosis, inyéctamela y piérdete.

-Vale, vale Mafalda, pero no te cabrees.

Calentaba la cuchara mientras le soltaba alguna mirada desdichada, ella no paraba de mirar a todos lados, se rascaba la cara, sudaba…

-A ver, trae el brazo.

Podía notar su respiración, no sabía qué era lo que le impulsaba a hacerlo, a chutarse por primera vez, más tarde cuando ya la conocí me dijo que la había probado esnifada y que tenía ganas de inyectársela.

Su casa era enorme, una de esas mansiones de los ricos a las cuales en mi efímera juventud me dedicaba a partirle los cristales y a salir corriendo.

Como todos supondréis, tuve que acompañarla a casa, me la llevé en brazos, el chute la dejó exhausta, pero estaba bien, no tenía síntomas de una sobredosis.

Los días pasaban y pasaban, y cada vez la veía con más frecuencia por el paradiso, siempre tenía dinero para un pico y lo mejor de todo es que me invitaba, yo la conseguía y nos pinchábamos en su casa. Ya era conocida en el barrio como la Mafalda, los camellos le tenían cariño por que siempre se portaba bien con ellos.

Llegado agosto, Marta era una yonqui en potencia, tenía la capacidad de inyectarse la dosis de dos personas ella sola de un solo chute. Su cara había desmejorado, la dulzura de sus mejillas había desaparecido, las cuencas de los ojos se marcaban con agresividad en su rostro y ya empezaron a salirle manchas por el cuello y el pecho.  Su cuerpo le pedía mas y mas…

Como es normal todo lo que empieza, se acaba,  se lo había fundido todo en heroína, ya ni comíamos, ni dormíamos, nos habíamos vuelto unos insociables, solo salíamos de casa para pillar. Ya ni tan si quiera follábamos, la lívido nos había abandonado cruelmente en el oscuro desamparo. Ahora teníamos que salir a robar parquímetros o a dar jalones a bolsos para conseguir algo de pasta. Nos costaba arreglárnoslas para sobrevivir, por su culpa me había mal acostumbrado a no buscarme la vida para chutarme, vivía a cuerpo de rey y cada día me daba más asco esta vida.

Una tarde estábamos en el salón de su casa, hacía un día que no nos picábamos, nos subíamos por las paredes.

-Tienes que hacer algo, lo necesitamos.

-Niña, yo no puedo estar siempre sacándote las castañas del fuego, tienes que aprender a valerte por ti misma.

-No me saltes con sermones, recuerda quien te salvó la vida en el paradiso.

-Y tú no te pases, no hace falta que me eches nada en cara.

-¿Qué no hace falta? Has estado todos estos meses viviendo como un marqués, sal a la puta calle y tráeme algo.

-¿Qué coño te crees que soy? ¿El jodido mago de la heroína? Sin dinero no hacemos nada Marta.

Se puso muy nerviosa, estaba mal acostumbrada, cuando quería se chutaba y ahora que no había dinero siempre estaba de mal humor, no existía ese apoyo mutuo que nos unía antes.

-¡No vales para nada! ¡Lárgate de aquí hijo de puta! ¡Solo estas aquí por mi dinero!

-Eres una consentida, ahora vas a apañártelas tu sola, yo me largo de aquí…

-Eso, vete y no vuelvas, ¡amargado!

Me levanté rápidamente, y empecé a dar vueltas por la casa, a ver si podía robarle algo para venderlo, los retratos fotográficos que hacía la madre eran geniales, debían valer un dineral, cogí uno y lo guardé bajo mi chaqueta.

De camino a la puerta, me la encontré, mirándome enfurecida, sujetaba un cuchillo en sus manos, como una alimaña, vino corriendo hacia mí y me cortó en el brazo. El cuadro se calló al suelo y se rompió el cristal, ella soltó el utensilio de cocina y se fue llorando hasta su cuarto, yo me marché con la manga de la chaqueta toda ensangrentada.

Después de verano no volví a verla nunca más, no sé si seguirá viva o muerta pero en todo caso era una niña pija, en el fondo se lo merecía como nos lo merecíamos todos. Marta jamás debió haberme conocido ni a mí ni a las drogas

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