tres fracasados vacíos, tres vasos llenos

Por aquella temporada vivía cerca del “paradiso”, aquel maloliente bar casi a las afueras de la ciudad, fue una transición temporal muy dura, justo un año antes de que dejase la heroína por primera vez. Hacía poco que un conductor borracho me había atropellado en una de esas solitarias noches y había cobrado un buen finiquito, me largué lo antes que pude de casa de mis padres, en cuanto me recuperé de las lesiones del accidente. Lo cierto es que es una situación un tanto incomoda cuando eres un yonqui y aun vives con tus padres, estos se preocupan por ti, ven el cambio en tu cara, en tus gestos, en tus formas, llega un día en el que te lo dejan caer como el que no quiere la cosa y al final acaban echándote de casa y después pasan tranquilamente veinte años sin dirigirte la palabra con ellos.

Fue una etapa dura, como decía me mude a un piso cerca del “paradiso”, las drogas me estaban friendo el cerebro, primero fueron los porros, después la cocaína y al tiempo acabas vomitando lo que es tu primera raya de caballo, para después pincharte como un condenado y que tu vida pierda toda esa substancialidad  que algún día creíste tener. Ya no salía a la calle, no hablaba con nadie, con casi nadie, solo con Pablo, mi camello habitual que me traía los vicios a casa. De vez en cuando le daba el dinero y me hacía una compra en el súper de la esquina.

No tenía valor para salir a la calle, ya no me gustaba la gente, me daban asco, me parecía repugnante el hecho de ser humano, de tener funciones vitales e incluso de respirar, me pinchaba todo lo que podía, apenas comía, podía pasar días sin ingerir alimento alguno. A lo largo de mi vida he podido descubrir que las drogas sintéticas te arrebatan la sociabilidad, no te apetece nada, solo drogarte, pensar en drogas y esperar que los días pasen.

Escribía, escribía mucho, sobre todo diálogos conmigo mismo.

“Allí estábamos en el salón, mi yo de quince años, apodado cariñosamente como “Jimmy”, mi yo actual y mi yo del futuro “Junk”. Bebíamos whisky, sentados en una mesa redonda, las miradas eran frías, oscuras, los ojos de Junk eran dos profundos agujeros negros, se había afeitado la cabeza y las cejas, estaba chupado, raquítico, más que mi yo de costumbre, vestía de negro y saboreaba el whisky con un dudoso gesto de agrado. Jimmy vestía de blanco inmaculado de la cabeza a los pies,  daba sorbos entrecortados acompañados por seniles arqueadas, estaba asustado, nos observaba a mí y a Junk asustadizo. Mientras, yo estaba vestido de gris, nervioso, arañaba la mesa observaba a todos sitios y a ninguno a la misma vez, no podía parar de pensar en que me hacía falta un tirito.

-¿Cuándo descubriste que tu vida había perdido todo el sentido que le quedaba Víctor? Dijo Junk en un tono irónico.

-Bueno verás, creo que acabo de descubrirlo. Pero no estoy del todo seguro, no se si lo que fallan son los átomos, o es el oxigeno de esta habitación, o de esta gran habitación a la que llamamos mundo, o son todas esas partículas malignas que circulan de la aguja a mi vena…Son los putos humanos Junk, están vacíos, huecos cuan escultura de escayola… Llega el día en que te levantas por la mañana y descubres que han perdido su magia, que ya no te aportan nada, solo saben reprocharte tu malas acciones, mirarte mal, “estas desmejorado Víctor, ¿seguro que estas bien?” ¿Se preocupan verdaderamente por mí? Yo creo que no… Tanto tu, como Jimmy,  como yo, somos grandes cerotes en sus vidas incapaces de aportarle nada, ¿sexo? ¿Conversaciones trascendentales? ¿Dinero?… yo ya dejé de aportar todo eso, no valgo como ser humano, ¡No quiero formar parte de esto! Apenas me quedan ganas de seguir queriendo respirar este aire, no quiero morirme aun, pero tampoco quiero vivir en este ataúd…

-¿Quiénes sois vosotros? Dijo Jimmy atemorizado.

-Somos tu, pequeño Jimmy, dentro de unos cuantos años, no se te pondrá dura, y dependerás de las jeringuillas,  ve asumiéndolo ya piojoso. Contestó Junk con un amargo tono desesperanzador en sus palabras.

El joven Jimmy, se levantó de la silla, salió corriendo hacia la cocina, cogió un bidón de gasolina que por algún desconocido motivo estaba metido en la nevera, lo vació sobre su juvenil figura, sacó un mechero de su bolsillo y se prendió fuego. Rápidamente las llamas hicieron combustión por todo su cuerpo, Jimmy nos miraba, lleno de indiferencia e inseguridad, no se movía, no parpadeaba, el fuego lo consumía rápidamente como un cigarrillo industrial en un pesado día de levante. Su cuerpo marchito calló al suelo, aun estaba envuelto en llamas, el hedor era insoportable, pero pese a mi atrofiado olfato, se me hizo llevadero.

Junk había dejado de mirar hace un rato, yo sin embargo estaba atónito.

-¿Crees?… ¿Crees que seguirá vivo? Dije aturdido.

-¿Acaso lo estás tu Víctor?

No supe responder.

Junk se puso de pie, acabó su bebida y rompió el vaso contra la mesa, con el culo de este, todo lleno de picos, empezó a hacerse cortes en la cara y con la otra mano jalaba de ellos, los estiraba, arrancaba las desgastadas tiras de piel como si fuese un plátano podrido.

Y allí se quedó, frente a mi, con el cráneo al descubierto mientras se fumaba un cigarro”

¡BASTA!

Me levanté y acto seguido taché todo lo que había escrito, empecé a tener una pequeña crisis de ansiedad, corrí hacia mi habitación, abrí el cajón de la felicidad y saqué el kit del cobarde: Jeringa, aguja, cuchara, mechero, gomilla, micra de heroína…

Me senté frente al televisor mientras me preparaba el chute, en la televisión decían que un chico de diecisiete años, en un achaque de ira, arremetió contra sus padres con un cuchillo y los mató mientras dormía, entonces pensé que mis padres debieron de hacer lo mismo conmigo cuando tenía esa edad.

Succioné un poco de mi sangre antes de disparar la carga, apreté “el gatillo” y allí me quedé, frente al televisor, con un grisáceo hilillo de saliva que descolgaba por mis fustigados labios.

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