Amor Fúnebre

Ella era diferente al resto, no era la típica chica guapa que salía en las películas de amor, aunque realmente, ella estudiaba arte dramático cuando la conocí. Era muy fotogénica, pero sin embargo no era aquella mujer que encontrarías en la portada de una revista, de ninguna revista…Era preciosa, sin más, estaba dotada de una belleza fuera de lo común, alejada de los potingues para las patas de gallo o las arrugas, muy alejada del cuidado hacia su cuerpo, su belleza era fruto de la autodestrucción, ni por la mas remota casualidad, intentaba ser agradable con alguien, ni con su imagen, ni con su personalidad. Ella era fría y macabra, era una mala mujer, de esas que te hacen daño y te joden bien.

Te robaba el alma con la mirada, sus ojos vidriosos desprendían una amalgama de odio que llegaba hasta el más recóndito rincón del habitáculo en el que se hallase.

Por alguna razón, pasaba todos los días cuando volvía del trabajo frente a la escuela de arte dramático y allí estaba ella, sola, siempre vestida de negro, pero sin insinuar ninguna creencia urbana, siempre con un cigarrillo en la boca y su cabello despeinado.

Los demás chicos intentaban ser bohemios, pero se relacionaban, se les veía felices, intentaban pertenecer a algún tipo de movimiento, pero ella no, sus ojos me decían que ella estaba cansada de todo esto y que de algún modo, los odiaba a todos, incluso a si misma.

De lunes a viernes, a las tres menos cuarto de la tarde, siempre pasaba por la puerta de la facultad, y allí estaba ella, flotando en la nada, era como si cogieses a un pingüino y lo plantases en medio del desierto, nada que ver…

Yo estaba obsesionado con ella, la miraba todos los días, y ella ni tan si quiera parecía inmutarse, estaba perdiendo la cabeza. Durante tres interminables meses, mi único fin en el día era beber y esperar a que fuesen las tres menos cuarto para verla a ella. Yo trabajaba por aquel entonces en una tienda de discos en la calle paralela y ni tan si quiera me despertaba ilusión que algún desaliñado chico vienes a preguntar por algún casete de música experimental, o me viniesen pidiendo una camiseta del grupo “Seam” para entonces y en la actualidad, un grupo difícil de conocer. Solo anhelaba el momento de cerrar la tienda y verla a ella, sentada sola en los escalones expulsando el dañino humo de su cuerpo. Patético.

Una noche me dio por salir, yo era prácticamente nuevo en la ciudad, solo llevaba unos meses, pero tampoco me había relacionado mucho con la gente, aun seguía teniendo problemas para eso, así que los días de paga, agarraba un buen billete y me iba a cualquier bar a agarrar una buena cogorza.

Yo iba de camino al bar, despreocupado, pero con su imagen en mi cabeza, yo no era muy bueno con las mujeres habitualmente, no se me daban bien, en el momento clave siempre decía algo que las aturdía, o si preguntaban por las marcas de mi cuerpo y les contaba que había sido adicto a la heroína, salían corriendo. ¿Dónde estaban las mujeres defectuosas? ¿Las que nadie querría ni en pintura? Por el momento no existían, y como decía Bukowski sobre las mujeres bellas, en norte America a mediados de siglo, solo conocía a mujeres que estaban estropeadas, por que los ricachones las escondían para ellos. Aquí pasaba lo contrario, todas eran demasiado decentes y yo acostumbrado a las mujeres de bar, fáciles y sin prejuicios, no estaba en mi mejor racha.

En todo ese tiempo solo me había acostado con una tipa que habituaba la tienda de discos y tenía gustos musicales muy similares a los míos. Un polvo delicado, en la trastienda mientras oíamos al desdichado Miles Davis en su más psicodélica etapa.

En fin, me dirigía hacia algún bar, no sabía exactamente a cual, pero a alguno iba, y me encontré con un batiburrillo de personas, haciendo un extraño corro que me llamó la atención, al lejos pude contemplar un escaparate roto y el dueño de la tienda daba voces que se oían a lo largo de toda la calle. Me acerqué a ver que pasaba.

El dependiente tenía el delantal manchado de sangre, mientras tanto, dos encargados de la tienda, agarraban a una chica, morena, también manchada de sangre que no paraba de agitarse en el suelo.

-¡Voy a llamar a la policía!, ¡te enterarás de lo que es bueno hija de puta!

Rápidamente, como si hubiese me hubiese estudiado un guión, aparté a algunas personas del corrillo y aparté a los dos tipos.

-¡Eh! ¡Soltadla! Es mi hermana, está enferma y hoy no se ha tomado la medicación

Y para sorpresa mía era ella, tenía un corte en el esternón que no paraba de sangrar y las manos ensangrentadas.

-¡Cristina! ¡Por el amor de dios! ¿¡No te dije que no salieses de casa!? Mama se va a poner echa una furia si se entera de esto.

-¿La conoce? Dijo extrañado el dependiente.

-Ya le he dicho que es mi hermana y que está enferma…Por favor, no llame a la policía, ella está muy mal y había desaparecido de casa. Le ruego que me disculpe…

-Caballero, su hermana no está bien de la cabeza, ha cogido una botella de champán y se ha cortado el pecho, después ha lanzado otra botella contra la cristalera y ha empezado a correr por toda la tienda rompiéndomelo todo, ¿ve esto normal caballero?

Alguien tiene que pagar este estropicio, si no me veré obligado a llamar a la policía y a poner una denuncia.

– Lo siento, lo siento, lo siento…de verás…Dígame, ¿cuanto tengo que pagarle?

El hombre miró a la chica, vio mi cara de lástima y dijo:

-Anda, iros de aquí de inmediato, que no os vuelva a ver por este lugar.

-Señor, gracias, es usted…muchísimas gracias.

-Venga Cristina, nos vamos al hospital a que te curen eso.

Era muchísimo mas increíble de cerca, aun llena de sangre y con el rostro inmerso en dolor, era maravillosa.

-¿y tu quien coño eres? – dijo con un desagradable gesto apartando mis manos de su cuerpo.

-Bueno, lo importante no es quien sea o deje de ser yo, si no que te he sacado de este embrollo…

-No necesitaba tu ayuda, podría haber salido yo solita de esta.

-Ya…

Era como una pedrada en la boca, muchísimo más antipática de lo que imaginaba, pero aun así seguía siendo para mi excepcional.

-Oye, en mi casa tengo desinfectante y algo de vino, podrías venir.

-¿Qué coño te pasa? ¿Es que quieres joder conmigo y no sabes como currártelo?

-Mira chica, tu pecho, no para de sangrar, y si esto sigue así, tendrán que amputarte el pecho o utilizarte como un buzón, y dime bonita, ¿no quieres acabar sirviendo al estado mientras la gente mete sus cartas dentro de ti verdad?

La chica me miró, sus ojos pedían socorro, estaba aturdida y solo se hacía la dura. O esa impresión me daba.

-Yo…yo solo quiero que esto acabe… Dijo en un leve susurro.

-Esto, solo acabará cuando tú quieras que acabe… Es así.

No hizo falta que la agarrase, la chica me seguía, no ponía pegas, solo miraba al suelo y taponaba la herida de su pecho. La gente nos miraba, abrían la boca, le tapaban los ojos a sus niños, la señoras mayores agarraban bien sus bolsos, nadie se paraba a preguntar, nadie nos acogía en la misericordia, todos nos miraban con asco, como escupiéndonos.

Llegamos a mi casa.

-Siéntate, enseguida estoy contigo.

La desconocida se sentó en el sofá y empezó a observar todo el salón, lo tenía lleno de carteles y de cuadros, otra cosa si, pero arte no faltaba en mi casa, era como una pequeña sala de exposiciones.

-Chiquilla, esto es más grave de lo que yo me pensaba, van a tener que ponerte puntos ahí, con lo que yo tengo aquí no solucionamos nada, vámonos, cogeremos un taxi.

Levantó sus ojos del suelo, me miró, se levantó y me dio el más intenso beso que alguna vez haya podido experimentar. Su lengua rozaba sutilmente la mía, acariciaba con ella todas las partes de la mía como si fuese de un fino cristal, con delicadeza. Con sus manos, agarró mi cabeza fuertemente y me apretó el pelo. Empezó a respirar profundamente y se apartó con brusquedad de mí, como si fuésemos a entrar en combustión.

Yo aun estaba anonadado, flotando, mirándola como si fuese la última vez que iba a verla, toda cubierta de líquido rojo, con los ojos rotos, tocándose el pelo y relamiéndose.

Miró hacía la mesita, en ella había un destornillador, no soy un manitas, pero tenía uno allí… No se exactamente por que motivo.

Yo seguía quieto, asustado sin saber que iba a hacer. Cogió el destornillador y rápidamente, sin que me diese lugar a nada, lo clavó cuatro veces violentamente contra su pecho. Cuando por quinta vez iba a repetir el acto, corrí ágilmente hacía ella y la agarré, le quité el destornillador y la abracé con intensidad.

Se desplomó en mis brazos y perdió el conocimiento.

Horas más tarde, estaba en la sala de espera del hospital, destrozando el paquete de tabaco, uno tras otro sin parar.

Una mujer lloraba, le acababan de dar la noticia de que su hijo había muerto, al parecer un accidente de coche…

Yo iba de una punta a otra, no sabía que hacer ni donde meterme, la mujer me ponía nervioso y personalmente, odio el olor a hospital, siempre me trajo muy malos recuerdos y a raíz de esto, muchísimos mas.

Me fui al bar del hospital, whisky doble por favor.

Allí debía ser el sitio donde las sonrisas mas encantadoras desvanecían, donde la esperanza se esfumaba.

Aquellas paredes me daban toda la información que yo quería saber, no necesitaba que la enfermera viniese a decirme que ella había muerto, aquel repentino silencio inexistente, aquel grito que flotaba en el vacío desde el día que la vi por primera vez, acababa de desaparecer…

Nuria Santos Castañeda, ese era su nombre.

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2 respuestas a Amor Fúnebre

  1. Mónica. dijo:

    Una historia oscura eh, muy de tu estilo, y me gusta muchisimo 🙂

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