siempre se van los mejores…

 

Pedro Ruiz de Mateo, conocido por nosotros como el “Moji”, falleció el nueve de enero de 1989, por aquel entonces la droga era mas pura que en la actualidad y aun quedaba gente que muriese por sobredosis.

Su funeral se celebró un día después, estábamos toda la tropa de la época o lo que quedaba de ella, yo, Elena mi novia de aquellas,  Carlos el poeta, Jesús “el ruina” María “la teto” y Juan “el perilla”, mas aparte toda su familia.

El “Moji” había muerto de un buen pico, se inyectó mas heroína de la cuenta y se fue al otro barrio, el era camello, decían que en los años cincuenta los camellos no tenían pintas de camello, pero como todo el mundo sabe, en los ochenta, aquel que consumía heroína se le veía a leguas.

Yo no llevaba mucho tiempo consumiendo, pero si me juntaba con gente que se metía, Elena no tardaría mucho en desaparecer de mi vida…

Una tarde Elena y yo fuimos a su casa a por un poco de caballo, estuvimos un buen rato llamando a su puerta, pero nadie contestaba. Mi relación con el “Moji” era buena, así que siempre dejaba una llave en un boquete justo al lado de su puerta escondida por si necesitaba entrar, el me tenía como un yonqui serio, fiel y no problemático, lo que no sabía es que ya estaba empezando a pensar como un yonqui de verdad y a veces me colaba en su casa y me metía un pico, lo limpiaba todo y salía corriendo, un buen chaval, si.

-¿Seguro que el Moji no se mosqueará?

-He hecho esto cientos de veces, es entrar y salir, ya lo verás.

-Y ¿Sabes donde la esconde?

-Que si joder, no seas más pesada.

La casa estaba como siempre, muy limpia, no parecía un agujero de yonquis como otras casas donde iba la gente a pincharse, el “Moji” era meticulosamente estricto con la higiene, tanto de su casa como la suya, pero ya se sabe, aunque la mona se vista de seda…

Estaba todo en su sitio, no fallaba nada, era cuestión de ir rápido al cuarto, prepararnos un pico y salir de allí.

Atravesamos el pasillo, Elena se quedó parada y yo seguí caminando hacia el cuarto.

-¿Víctor?

-No hagas ruido joder.

– Víctor ven…

-Oye, cojo eso nos pinchamos y nos vamos, es tan sencillo como…

-Víctor me cago en la puta, ¡¿quieres venir?!

– Que coño…

En el cuartito de la lavadora, sentado encima de ella, yacía el cuerpo del “Moji”, blanco como la tiza, con unas ojeras de campeonato y la jeringa colgada del brazo.

–         ¡Moji tío! ¡Despierta!. Le gritaba al tiempo que le abofeteaba.

–         ¡Moji joder!

Le tomé el pulso, estaba bastante frío, parecía haber fallecido hace unas horas. Teníamos que actuar rápidamente, llevarnos toda la droga de su casa, meterla en algún lugar y llamar a una ambulancia.

A partir de este momento, mi vida fue más o menos así, amigos fallecidos por todos sitios, trapicheos, noches en el calabozo, centros de desintoxicación…

Elena era un poco más veterana que yo en el ámbito de las drogas, mientras yo cogía toda la droga, ella preparaba las dosis rápidamente, era incluso bonito mirarla mientras lo hacía, lo hacía con un amor, una dedicación, que parecía una feliz madre preparándoles el almuerzo a sus hijos.

-¿Dónde hay papel de plata?

-Pues yo que se tía, mira en la cocina ¿no?

-Vamos a fumarnos esto, yo tengo un poco de cocaína, podemos mezclarlo.

-Tía eso es una puta mierda, yo quiero inyectármelo.

-Calla joder, esto es más rápido, no tenemos tiempo.

-Deprisa.

Escondí la heroína por todas las partes de mi cuerpo, cazadora, bolsillos, incluso cogí un par de gramos y me los metí envueltos en papel transparente dentro del culo. Al menos si me pillaban con toda la mierda, tendría algo para meterme en la cárcel o trapichearlo o lo que fuese, la cosa es que el síndrome había aparecido y estaba que me subía por las paredes.

La vi de cuclillas, en el pasillo, pasando el mechero por encima del papel de plata y aspirando los vapores, Elena no era muy erótica que digamos, pero siempre sentí una fuerte atracción por las mujeres un poco estropeadas y ella estaba en su punto, no demasiado estropeada pero tampoco muy decente. Sentí una erección en mis pantalones, así que me fui hacia ella, le quité el papel de plata de las manos, le bajé los pantalones y empezamos a follar, fuertemente. Elena no hacía ningún ruido, su cara viajaba a otra galaxia y yo intentaba acabar lo antes posible para poder fumar también.

Fue un polvo frío, sin sentido ninguno, tan solo el de saciar mi erección y mis nervios.

Al terminar me tiré en el suelo y empecé a prepararme una dosis para mí.

Después de todo llamamos una ambulancia y salimos pitando para su casa, allí podríamos esconder la droga y quitarnos de problemas.

Al día siguiente nos pusimos nuestras mejores galas y un buen chute, fuimos al funeral del “Moji” con las caras desencajadas.

-Una pena, era muy buen chaval.

Asentaban todos con la cabeza. Los familiares del Moji nos miraban mal, con odio, sabían perfectamente a que se dedicaba su hijo y de que había fallecido.

 

“La puta droga y los putos yonquis”, murmuraban todos con miradas afiladas…

 

 

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2 respuestas a siempre se van los mejores…

  1. Noehver dijo:

    Los yonkis siempre son unos incomprendidos por aquellos que los miran por encima del hombro… alguien que fue en su día importante para mí ahora está metido en eso y es duro. Pero cada uno elige su camino.

    besitos

  2. Unos mueren de sobredosis, otros borrachos, otros de viejos, ahogados con su propia mierda. ¿Qué importa antes o después?

    Un saludo

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