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Estaba atiborrado de relajantes musculares y marihuana, tenía un buen colocón,  Samanta corría desnuda por el piso cantando disorder de Joy Division con la nariz manchada de cocaína y en el salón un par de amigos de Samanta, los amigos de Samanta eran raros en general, siempre se trataba de estudiantes de Universidad de último año de carrera que parecían salidos de una película de Todd Solondz, universitarios grasientos anti-carismáticos con afán por probar nuevas drogas y nuevas experiencias, y ahí es donde Samanta jugaba el papel de gurú sexual y guía místico, tenía especial fijación por aquellos “loosers” con pinta de empollón, los chicos “normales” o las chicas no le atraían, para que la estrecha cavidad vaginal de esta se sintiera atraída por alguien debía pasar el test estético de no ir a la honda, y no me refiero con esto que fuese una chica tendenciosa, simplemente le gustaban las lorzas, los informáticos, los granos y las interminables conversaciones sobre Virginia Wolf.

Eché mano a la gran caja de zapatos que contenía marihuana y me hice otro porro mientras miraba a las dos extrañas figuras con sus mandíbulas descolocadas ubicadas en el sofá.

Estaba en una de esas locas etapas que se pasan a lo largo de la vida,  sin saber exactamente como, me encontraba compartiendo piso con Samanta, la chica que os acabo de describir y Víctor, aquella gran figura literaria regurgitada del mismo infierno.

Era viernes y yo no estaba por la labor de salir, de hecho ya nunca salía, solo lo hacía cuando iba a clase o alguna vueltecita particular por la ciudad, me había vuelto un chico casero, prefería drogarme en solitario y las fiestas en el piso, además con estos dos como compañeros de piso, nunca tardaba en pasar algo que me mantuviese distraído del mundo exterior.

-Chicos, ¿os gustaría que follásemos un poco?

-Oh…vaya.

-¿Qué pasa? ¿no estáis cómodos?

-Si, si, es más me esperaba que me lo pidieses.

-¿Entonces?

-Nada, solo que me has cogido un poco fuera de juego.

-Bueno, entonces ¿juguemos no? Dijo Samanta en tono pícaro.

La chica no decía nada y en el chico se encendió una pequeña sonrisa lasciva. A decir verdad no eran gente atractiva, supongo que por eso los habría escogido, eran los gustos de Samanta, no los míos, yo me quedaría allí en el sofá, inmóvil, viendo como se follaban los unos a los otros.

-Joan, ¿puedes sacar la videocámara? Esto tenemos que grabarlo.

-Claro.

De camino a la habitación el chico decía carraspeando.

-¿Vamos a grabarlo?

-Si.

-Si mis padres se enteran me matan. Dijo la mimbrosa vocecilla de la chica que por primera vez articulaba palabras.

Cuando llegué al salón apreté el botón de REC y dejé que todo surgiera.

Samanta besó a la chica, un beso largo y apasionado y empezó a resbalar sus habilidosas manos por el suéter de esta. El chico se metió la mano en los pantalones y empezó a meneársela.

Los flácidos pechos de la chica cayeron al vacío, Samanta se irguió un poco y empezó a lamerlos. Samanta era preciosa, morena alta, con buen cuerpo y una pequeña cicatriz en su mejilla derecha. El chico se quitó la ropa a una velocidad vertiginosa y empezó a restregar su miembro erecto por el culo de Samanta, mientras esta, percatándose de la situación echó una mano hacia atrás y empezó a manosearlo.

Apreté el botón del zoom y le enfoqué la placentera cara de la chica, que soltaba pequeños espasmos y gemidos torpemente. El chico torció a Samanta y se escupió en el glande y empezó a penetrarla, allí en mi salón, grasiento, de al menos unos ochenta y cinco kilos con una pequeña barriga de informático que le asomaba por el pubis, moviendo sus caderas como un bailarín de funky de tercera. Samanta acostó a la chica en el sofá y mientras el la penetraba esta empezó a lamerle sutilmente los labios de la vagina a la chica, que tampoco guardaba demasiada diferencia con el chico, piel blanca, llena de cicatrices por el acné de su juventud y tenía las areolas mas grandes que había visto en mi vida. Samanta echó mano a la mesita del saló y sacó la cocaína, se puso una raya en el depilado pubis de la chica, depilado haría cosa de una semana, por que ya se veía algún que otro pelo. Samanta gritaba enfurecida mientras preparaba otra raya, la esnifó de arriba debajo de forma que cuando acabó pasó la lengua y volvió a los supuestos encantos de la chica. Lo cierto es que era un poco desagradable verlos tener sexo, pero a la vez era divertido. El chico jaló de los pelos a Samanta y mientras sacaba su miembrecito del tórrido coño de Samanta, agarró su cabeza y la dirigió hacia su pene, donde Samanta empezó a chupar como si se tratase de un Calipo en pleno mes de agosto.

De repente, empecé a escuchar la cerradura y los dos chicos empezaron a lanzar dudosas y asustadizas miradas hacia todos sitios. La puerta se abrió violentamente y apareció Víctor, con una camisa que parecía que se la había robado a un percusionista cubano de los años ochenta, toda sudada y con una pinta espantosa, parecía no haber dormido en semanas. En una mano llevaba una botella de vino medio vacía y en la otra un destornillador, dio un brusco trago a la botella y  se quedó atónito mirando la patética escena de sexo adolescente que teníamos montada en el salón. Empezó a balbucear palabras ininteligibles y cogió la botella de vino y la lanzó contra el chico. La botella le dio en el pecho y el chico empezó a toser y a mirar a Víctor como si fuese de otro planeta.

Samanta se puso su camiseta, los pantalones, cogió todas su cosas de la mesa y sin decir palabra se fue y me dejó a mí junto a la extraña pareja desnuda y con Víctor peligrosamente borracho y colocado.

Se acercó hacia nosotros tambaleándose como si sus piernas fueran dos muelles lánguidos, agarró al chico por el cuello y le dijo:

-La gente como tu, es la que verdaderamente me da asco. Y acto seguido le arrió un tortazo.

No paré de grabar en ningún momento, me quedé hipnotizado ante la escena, los relajantes musculares y la marihuana me impedían decir nada coherente en este punto de la noche que toda la droga de por la tarde me había subido.

El chico cogió sus ropas y salió corriendo desnudo.

La chica empezó a mirar  Víctor asustada sin saber que hacer o decir, Víctor se quedó quieto mirándola, agarró la botella y se la introdujo en la vagina a la chica, la chica no opuso resistencia alguna e incluso empezó a gemir. Se planteaba una noche difícil.

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Una respuesta a 0:27

  1. VeroniKa dijo:

    oyes…

    me gusta

    todo…

    besos

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