Bienvenido

Me encontraba en una habitación de hotel con dos hermosas chicas menores que yo, es todo lo que podía deducir, mi cerebro era el equivalente a una televisión con los canales codificados, me sentía nulo, me dolía tremendamente la mollera, no sabía exactamente que había pasado, pero por el percal, me lo podía más o menos oler. Varias botellas champagne vacías esparcidas por toda la cama, una bandeja con resquicios blancos, pequeñas manchas de sangre por las sabanas, algunos condones desperdigados por el suelo…Había sido una de esas noches.

Me puse en pie, y me preparé el desayuno, un vaso de zumo y un cigarro. Ellas seguían durmiendo, una de ellas, la mas bella, dormitaba en la cama, la otra descansaba en el sofá, tenía la nariz manchada de sangre, nos habíamos corrido una buena fiesta. La ciudad no parecía ser la mía, miraba por la ventana y no conocía ninguno de los edificios que posaban a mis ojos, debía ser tarde, estaba anocheciendo.

Tengo que salir de aquí, no es mi estilo quedarme y cuidarlas, lo mismo alguna de ellas sabría que ocurrió, pero creo que no estaba preparado para descubrir la verdad, busqué mis pantalones y mis zapatos y me los puse, me dirigí al cuarto de baño y me quedé atrapado con una pintada en el espejo hecha con pintalabios que musitaba: Satan was here.

Dios, ¿que coño ha pasado aquí?, todo el baño estaba impregnado de sangre y olía un tanto mal, lo que más me llamó la atención fue la bañera, la cortina estaba arrancada, y algo parecía descansar bajo ella. No…Espero que no…Teñida de rojo por completo, la agarré y la levanté, una joven todavía aparentemente menor que las otras dos, dormía para siempre. Su cara inspiraba placer, pero su cuerpo decía todo lo contrario, estaba lleno de cortes por todos lados, sus tiras de piel la arropaban para que no pasase frío, en su mano albergaba una cuchilla de afeitar… ¡BASTA! No quiero saber más, no quiero seguir aquí.

Me largué tan pronto como pude. Salí del hotel y empecé a visualizarlo todo, normalmente, cuando llegas a un sitio y no sabes donde estás acudes a los nombres de los bares o moteles, siempre te chivatean donde estás, pero no, debía ser una ciudad grande, y no me decían nada. Miré mi cartera, aun me quedaba algo de pasta.

Caminé calle arriba, lo suficientemente lejos del hotel donde había pasado la noche, y me metí en el primer bar de mala muerte que encontré.

Aquel lugar, olía aun peor que el cuarto de baño de la habitación, el ambiente era denso y grasiento, y estaba lleno de fracasados con gorra y camisa de cuadros, que engullían hasta sus vasos con tantas ganas, que parecía que llevaban unos meses perdidos en el desierto sin comer y beber absolutamente nada. Me senté en un taburete, al lado de la barra.

-Camarero, un whisky doble, con hielo, por favor.

Aquel barman parecía un tío legal, uno de esos que te dan ganas de contarle todas tus penas, es decir, el sirviente perfecto para el borracho, tu paño de lágrimas que encima te sirve alcohol, ese hombro en el que puedes apoyarte a soltar tus miserias siempre y cuando tengas dinero en la cartera. Un puto camarero sin más…

Degusté mi vaso ancho como un señor, solitario, aguantando el techo con la mirada.

-Se te debe de haber perdido algo muy valioso por ahí arriba ¿no? –Dijo una preciosa mujer.

-Creo que me he perdido yo…pero tranquila, no soy valioso, no estoy preocupado…

Le dije con cierto aire de acabado, que para nada quería aparentar, pero mi cuerpo no daba para más…

La chica era increíble, morena, pelo lacio por los hombros, unos pechos que parecían querer escapar del sostén, y una vestimenta de lo más normal.

-Camarero, dos whiskys dobles con hielo, por favor.- Dijo la desconocida.

Empezamos a hablar de todo menos de lo que se suele hablar cuando conoces a alguien.

Sin tan siquiera haber terminado la nueva copa, delante de todos, acercó su mano a mi paquete, y lo agarró sutilmente, masajeándolo, yo la tenía dura como la piedra, era inevitable hablar con ella y no ponerte bizco mirándole los pechos.

Sin pensarlo dos veces, la cogí de la mano y me la llevé al servicio. La apoyé en el lavabo, y le bajé el pantalón, no iba a currármelo mucho, saqué un condón,  me la follé lo más bruscamente posible, de forma salvaje, que no se diga que uno no moja con estilo. La chica parecía embrutecida, golpeaba las paredes del baño severamente y gemía con fuerza.

Una vez terminada la faena, me subí los pantalones y me fui de allí.

Parecía ser tarde, ya era completamente de noche, tengo que buscar algún lugar donde pasar la noche, o un autobús, o preguntar donde cojones estoy…

¡PUM!- Un fuerte golpe sacudió mi cabeza, una panda de chavales empezó a darme una tremenda paliza, patadas, escupitajos, rodillazos, insultos de todo tipo, me apalearon como a un animal y salieron corriendo. Ahora si que me dolía el alma, incluso más que antes, tenía algún hueso roto sin ninguna duda, estaba mareado, muy mareado…

Ya son dos veces hoy, las que no sé que coño ha pasado ni porqué…

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