ocho de abril

Tenía veintidós años la última vez que la vi, jamás había visto llover con tanta frecuencia, aquel mes de abril de mil novecientos noventa y cuatro había sido la primavera más lluviosa que había presenciado en mi vehemente pero apagada existencia.

Por esa época, yo había dejado de drogarme y no estaba en mi mejor momento, sufría de brotes psicóticos y una depresión grave, venía de casa de Aurora, habíamos estado jodiendo toda la noche y se había marchado a estudiar, yo me dirigía a mi casa, a ver las horas pasar. El señor con corbata del noticiero matinal decía que no iba a parar de llover al menos en un día más y que la temperatura tempranera sería de unos doce grados aproximadamente.

No paraba de llover, desde hace dos días no había habido tregua ninguna. La gente parecía haberse hecho al agua, el chico de los periódicos estaba mojado, aquel borracho que pedía en la esquina y bebía whisky pasado por agua, estaba mojado, hasta los dependientes de los puestecitos de fruta de la calle central estaban mojados y hacían  como si nada ocurriese. Yo odiaba esos días, eran largos eternos, y lo peor de todo es que no podía drogarme, estaba pasando el mono de la heroína y estaba completamente destrozado, había sido decisión propia el dejarlo por un tiempo, incluso estaba pensando en ir a un centro de desintoxicación para que me aplicasen un tratamiento de metadona, pero para eso debes tener dinero, y yo no tenía ni trabajo ni dinero suficiente ni para un paquete de pipas. El tabaco lo robaba de bolsos de algunas señoras despreocupadas, la comida, lo poco ingería, era fruta, que tomaba prestada de aquellos tenderetes, estaba jodido, muy jodido…

Pasé por al lado de una tienda de aparatos eléctricos, en el escaparate había algunos rústicos televisores que ofrecían la información diaria. Me llamó especialmente la atención uno de ellos, parecía que anunciaban el fallecimiento de alguien importante.

Decían que hoy, ocho de abril, habían hallado el cuerpo sin vida de la “estrella del rock” Kurt Cobain, al parecer había sido un suicidio. Se lo encontraba un empleado de una compañía eléctrica con todos los sesos esparcidos por su garaje.

La noticia me llamó mucho la atención, me dejo impactado, pero no podía darle tanta importancia como se merecía pese a mis condiciones, años mas tarde me atormentó el hecho de que mi ídolo se hubiese suicidado y yo no le prestase toda la atención que merecía por que estaba enganchado al causante de su abandono del planeta.

No le di mucha importancia, ero me fui pensando un poco en ello, tal y como iban las cosas, estaba planteándome muy seriamente el comprarme una pistola.

Al pasar la tienda, a la derecha había un grasiento y tenebroso callejón, donde reposaba una figura, me quedé parado, observando y decidí acercarme, a medida que avanzaba el paso, esa figura se hacía reconocible. Estaba mal, la cara chupada, esquelética, lucía un cardado natural en su pelo, y sus ropas estaban manchadas de barro y para no ser de menos, desprendía un olor nauseabundo. Se trataba de mi ex novia, Sonia, lo habíamos dejado hace un año y era la primera vez que la veía desde entonces. Sabía que tenía los mismos problemas que yo o incluso peor, drogodependencia, depresión, complejo de inferioridad, fobia social, ansiedad, brotes psicóticos…

-¿Sonia? Alzó su mirada al frente, le costó trabajo reconocerme.

-Vic… ¿Víctor?, que… que de tiempo, he estado buscándote.

Esa imagen había hecho borrar instantáneamente la cara de Kurt Cobain y las ansias de meterme un pico. Yo decía que estaba jodido, pero es que ella, aparentemente estaba fatal.

-Necesito pedirte un favor Víctor, tienes que venir a mi casa.

-Claro. Sin pensarlo, la ayude a levantarse, estaba tiritando de frío, estaba muy mojada, parecía que se había caído a un estanque y acababa de salir, pensándolo bien, su vida entera había sido un estanque. En su interior, en vez de un corazón albergaba un triturador, que la carcomía por dentro lenta y dolorosamente. Me sorprendía el hecho de que tuviese un hogar, minutos más tarde descubrí que no era su casa, si no la de un amigo, su novio actual, pero el no estaba en ese momento.

La casa era un lugar inhabitable, carecía de muebles y estaba lleno de jeringuillas, algodones impregnados en sangre, excrementos, orines, botellas vacías…Era como la versión grotesca de uno de esos bodegones que odiaba pintar cuando estudiaba arte.

-Espera aquí, me dijo dirigiéndose de mala manera hasta su cuarto, que parecía el único lugar decorado de todo el habitáculo.

Espere como ella me dijo, estaba nervioso, no sabía que iba a ocurrir, el enfermizo olor de la porquería me produjo una arqueada, en ese momento más que nunca, rodeado de jeringas, sentí un deseo incontrolable de pincharme. Una gota de sudor frío bajo por mi frente y empezó a darme temblique.

Pasado un cuarto de hora, pensé que no iba a salir nunca de su cuarto, lucía un elegante vestido de noche color púrpura, largo, que le tapaba las piernas, llevaba un recogido precioso en su cabello, era la representación de una yonqui distinguida, pero lo que mas me llamó la atención fueron los objetos que sujetaba en sus manos. En la derecha tenía una cámara polaroid y en la izquierda una cuerda.

-Víctor, he comprendido que no quiero vivir, cada día que paso en este sucio agujero y no me refiero a este tugurio, si no al mundo, es más triste y desesperante que el anterior, soy una amenaza para la raza humana, todo lo que toco se rompe, no sirvo para nada, no tengo función útil alguna, he decidido que voy a suicidarme, y quería pedirte un favor…

-Pero… Me quedé atónito, no sabía que decir, estaba tan cegado por el ansia que no tenía ni la mas remota idea de cómo frenarla. Me cogió de la mano y me llevó hasta su cuarto de baño, allí soltó la polaroid encima del lavabo y empezó a atar la soga en una de las cañerías que reposaban encima del inodoro. Ahora lo comprendía todo, se había puesto su mejor traje para despedirse de esta mierda de mundo, me crispaba el alma, la mandíbula y todos los bellos de mi cuerpo, que eran pocos.

-El favor del que antes te hablé, puso la cámara en mi mano, quiero que me fotografíes una vez que haya muerto, será el único momento en mi vida en el que sea feliz, y quiero llevarme esa fotografía a la tumba. ¿Podrás hacer eso por mí?

-Pero… Sin dejarme terminar la frase, me besó con toda la pasión que emergió de sus carnes, se subió al vater y se colocó la soga en el cuello.

Yo estaba petrificado, no sabía de que modo actuar, soy patético.

Una concluyente lágrima cayó de sus ojos, sonrió y dijo temblorosa:

-Víctor, te amo.

Dio su último salto y quedó suspendida en el aire. Empezó a convulsionar a moverse mucho, emitía graznidos, babeaba, los ojos se le volvieron blancos, hasta que pasado un minuto, quedó inerte, con una sorprendente mueca de agrado. No supe hacer otra cosa más que coger la polaroid y fotografiar su chocante cadáver.

Sonia jamás había sido fotogénica y para ser sincero, se la veía más contenta que nunca.

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