Aloha

 

 

La casa puerta olía a una extraña mezcla entre pañales sucios y buñuelos del patito amarillo. Las paredes estaban desconchadas y llenas de lamparones y al final de la primera escalera, un grotesco tipo gordo vestido de arlequín custodiaba la entrada al ascensor. Al acercarme a él se tiró un suave pedo y de una raída bolsa de tela sacó un collar hawaiano, al tipo le faltaban todos los piños de arriba a excepción de un colmillo, sonrió y me dijo:

–       Aloha, puedes pasar.

Me quité el sombrero haciéndole una bonita reverencia y pasé al ascensor, era un piso de cuatro plantas, faltaban todos los botones excepto el último, no podía ser en otro sitio más que allí. La única luz existente en el ascensor era la del botón del ático, al cerrarse la puerta una incómoda sensación me invadió entero. En la primera planta paró el ascensor, dos tipos vestidos de marinero se metieron en el ascensor. Saludaron diciendo Aloha. Sacaron una papela de caballo y me ofrecieron un poco. Eran las 25:00 en el reloj. Los dos marineros se tiraron un pedo a la vez. Uno de los marineros llevaba una gran bolsa de deportes. De ella salió un enano desnudo. El enano empezó a meneársela. El ascensor tardó bastante en llegar a su destino.

Al abrirse la puerta, vi un angosto pasillo pintado de rosa fúnebre, donde al final había una puerta de madera, por debajo de la puerta asomaba una luz.

-Es por aquí chico. Dijo uno de los marineros.

El primer marinero, agarró de la mano al segundo, el segundo agarró de la mano al enano, y el enano me cogió la mano a mí también, formando así una maquiavélica figura. Avanzamos por la oscuridad a modo de cadena, hasta que al llegar a la puerta, el marinero nº1 dio una serie de estratégicos golpes en la puerta y automáticamente, una chica delgada bastante alta con una máscara de carnaval abrió la puerta.

Con una especie de ridícula vocecilla gritó:

–       ¡Aloha!

Todos gritamos Aloha. Sonaba un machacón ritmo de techno, la casa estaba llena de habitaciones conectadas entre si. Había mucha gente tirada por el suelo, algunos fumaban crack, otros se pinchaba heroína, otros fumaban cocaína en base… La cosa es que los únicos en pie en toda la casa éramos los dos marineros, el enano desnudo, la raquítica mujer y yo.

Mirando de habitación en habitación, finalmente me decidí por establecer campamento en la cocina, cuatro filipinos bebían whisky y vodka solo, me senté con ellos.

–       ¿Quieres un trago amigo?

–       Desde luego.

El que parecía el jefe de los filipinos me sirvió un vaso de hojalata oxidado lleno de whisky. Todos alzaron el vaso al frente, gritaron Aloha y lo vaciaron acto seguido.

Cuando me di cuenta, volvía a estar de pie apoyado en la puerta mirando a los cuatro filipinos, me senté con ellos.

–       ¿Quieres un trago amigo?

–       Desde luego.

El que parecía el jefe de los filipinos me sirvió otro trago de whisky en el mismo vaso oxidado. Volvieron a alzar el vaso, gritamos Aloha y vaciamos el vaso entero.

Ahora estaba un poco mareado, pero volvía a estar apoyado en el quicio de la puerta.

–       ¿Quieres un trago amigo?

–       Desde luego.

El proceso se repitió de nuevo y ahora estaba un poco más mareado sujetando la puerta. Ahora ni tan si quiera me acerqué a ellos, el jefe filipino me miró y me dijo.

–       ¿Quieres un trago amigo?

Esta vez no accedí, ni tan si quiera contesté y me fui a otra habitación. En esta una guapísima chica morena alimentaba a unos gatos.

–       Hi, whats up! Dijo la chica, no parecía española, era como rumana o rusa. Me senté a su lado y empecé a acariciarle el pelo. La chica me miró y me besó, fue un beso apasionado, al darme cuenta sentí algo rígido y frío en mi pecho, era el cañón de un revolver, apretó el gatillo después de gritar Aloha y caí de espaldas en el suelo, de mi pecho emanaba una fuentecilla de sangre, cuatro gatos empezaron a beber sangre de mi pecho. Al mira a la puerta me vi a mi mismo apoyado en la puerta, intenté avisarme de que no entrara pero fue inútil, cada vez que intentaba hablar me salía sangre de la boca y me punzaban los pulmones. Me senté al lado de la chica, la volví a besar y me disparó. Ahora habíamos dos yo en la habitación y los gatos se estaban dando un festín de sangre.

Me asomé a la puerta y me vi a mi mismo muerto en el suelo rodeado de gatos, decidí no entrar y me fui a otra habitación.

En esta estaba Charles Bukowski sin pantalones con un zapato de tacón dorado metido en el culo. Lo saludé y me fui a otra habitación.

Era viernes 22 de julio. Un camión de la basura pasó por frente del piso, los basureros se bajaron y gritaron Aloha. Era una bonita noche de verano.

 

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